¿Enfermedad o cobardía moral?
Textos: Rosa López
Imágenes: Carlos Martino
Intervención realizada en el Ciclo “Pecados, pasiones, goce” organizado por la Biblioteca de Orientación Lacaniana de Madrid, el 11 de junio de 2014.
Lacan, en las Conferencias en las Universidades Americanas, transmite una idea muy sencilla sobre cuál es el objetivo al que apunta en su práctica clínica, diciendo que él trata de no empujar demasiado lejos un psicoanálisis “de manera que cuando el analizante piensa que se ha dicho mucho, es suficiente”.
Hoy vamos a ocuparnos de aquellos que decidieron la dicha de vivir y no vuelven a hallarla, quedando sumergidos en una tristeza permanente. Quiero decir con esto que pasaron de los estados de tristeza episódicos, que todos experimentamos con mayor o menor frecuencia, para colocar el foco sobre la tristeza convertida en una verdadera pasión, incluso en un vicio supuestamente imperdonable, según algunos pensadores a lo largo de la historia lo han considerado como el mayor de los pecados.
Santo Tomás, Spinoza y Dante son evocados por Lacan en distintos textos canónicos para entender su concepción de la tristeza y qué criterios esta nos sirve en relación con la ética. Son muy pocos párrafos pero, como suele ocurrir con Lacan, están cargados de referencias necesarias de desentrañar antes de aceptar sin más su famosa tesis en la que plantea que la tristeza no es un estado de ánimo sino un pecado moral, incluso un pecado.

La tristeza… el ejemplo mayor de la división del sujeto contra sí mismo
La tristeza se caracteriza por un fuerte sentimiento de inautenticidad respecto a la vida, que se acompaña con el dolor por el exilio y la soledad ante un mundo que se ha vuelto anónimo y carente de sentido.
Mientras el presente se torna extraño y el futuro inconcebible, cualquier pensamiento se convierte en recuerdo y todo recuerdo lleva el sello de la pérdida. El sujeto embargado por la tristeza alimenta sin cesar los recuerdos de aquello que fue y no volverá, entregándose a un “eterno recuento de las pérdidas”, como expresaba M. Benveniste.
¿Qué sentido tiene la vida? Es la pregunta absoluta que se le impone al triste taponando el resto de las preguntas posibles. Es decir, aquellas que apuntarían a los avatares del amor y del deseo.
En cierto modo es una falsa pregunta, pues no hace sino encubrir una afirmación parecida a la de Edipo cuando clamaba “es mejor no haber nacido”, que convierte la llegada al mundo en algo fatídico y que se completa con un “peor ya que se ha venido a la luz, lo que en segundo lugar es mejor, mucho, es volver cuanto antes allí de donde se viene”.
Ahora bien, si Freud pensó la pulsión de muerte como la tendencia más primitiva en el sujeto, la dimensión de la pérdida irrecuperable como aquello que nos constituye, la miseria original que perdura en el corazón del yo como la marca de un sacrificio primigenio, y la experiencia del desamparo como el trauma universal con el que se inaugura la vida del ser hablante, deberíamos preguntarnos más bien: ¿Cómo es posible que no vivamos siempre en permanente estado de tristeza?
Si esto no se produce es por la misma razón por la que no todos somos psicóticos aunque estemos atravesados por el lenguaje. Se trata de la respuesta (responsabilidad) del sujeto que dispone de un margen de elección para poner cierto freno a la acción de la pulsión de muerte mediante la instalación de la ley del deseo y la apuesta por la vida.

El psicoanálisis apuesta decididamente por el deseo de saber
Frente a esa tendencia mortífera, el psicoanálisis introduce una ética que apuesta por el deseo de saber.
El análisis no busca eliminar la tristeza, sino hacer posible otra relación con ella. No se trata de suprimir el sufrimiento, sino de permitir que el sujeto encuentre una vía singular para tramitarlo.
El trabajo analítico apunta a que el sujeto pueda hacerse responsable de su posición, reconociendo que no es un mero efecto de lo que le ocurre, sino que tiene un margen de decisión frente a ello.
Ningún juicio moral está permitido a aquel que se dice psicoanalista
En este punto Lacan es claro: el psicoanálisis no se sitúa en el terreno de la moral.
Esto no implica que todo dé lo mismo, sino que no se trata de juzgar al sujeto, sino de escuchar cómo se posiciona frente a su deseo, frente a su goce y frente a su sufrimiento.
La tristeza, en este sentido, no es una patología en sí misma, sino una forma de relación del sujeto con su deseo, que puede volverse problemática cuando queda fijada y se convierte en un modo de vida.

La relación entre el saber y el sentido
No es fácil entender lo que significa “hallarse en el inconsciente”, pues Lacan parece promover el gay saber como medio para ello, pero después introduce una torsión que complica enormemente esta cuestión.
El saber que se encuentra en el inconsciente no es un saber que el sujeto posea, sino un saber que lo determina.
De allí que el análisis no consista en adquirir conocimientos, sino en modificar la relación del sujeto con ese saber.
Las ventajas del sinsentido
Si la vida tuviera un sentido totalmente dado, estaríamos atrapados en un determinismo absoluto.
Aceptar el sinsentido no produce más bien un efecto liberador, y es la única manera de salir del goce del triste destino familiar hacia la invención de una nueva forma de responder ante los numerosos azares con los que nos toca lidiar.
Cierre
La tristeza no es una enfermedad en sí misma, ni puede reducirse a una categoría clínica universal.
Es una forma singular de relación con la vida, con el deseo y con el goce.
El trabajo analítico no busca eliminarla, sino permitir que el sujeto encuentre otra posición frente a ella, una que no lo condene a la repetición del sufrimiento, sino que le abra la posibilidad de vivir.






